viernes, 30 de noviembre de 2012

La ingratitud y la envidia



   
Envidiamos a quien, por su situación, puede sentir lástima. Especialmente envidiamos a quien puede sentir lástima de nosotros mismos.

La envidia es un sentimiento bastante preocupante aunque no tanto como el odio.

Cuando la padecemos es porque desearíamos imitar las posesiones o la situación de otra persona. «Tristeza o pesar del bien ajeno», dice textualmente el diccionario (1).

Sin embargo, sentimos envidia no por los bienes ajenos sino por el placer que parece disfrutar el poseedor de esos bienes o situación. Lo que envidiamos es la felicidad ajena. Envidiamos cuando nos molesta el bienestar ajeno (2).

Como estoy hilando fino, deteniéndome en pequeño detalles, agrego otra situación generadora de envidia.

En uno de mis tantos lugares de trabajo integré un equipo de trabajadores alojados en un gran galpón, frío en invierno y tórrido en verano.

Me contaron los empleados más veteranos la triste historia de la pared de espejo.

Cuando ese local fue remodelado, los trabajadores se encontraron con un enorme espejo que los reflejaba.

Ubicado en un extremo superior del gran salón, todos podían verse entre sí, tanto fuera para hacerse bromas, como para chismorrear, como para inspeccionarse.

Los dirigentes sindicales aconsejaban no entrar en el juego de los patrones, alentaban para que no jugaran a ser capataces entre ellos.

La bomba estalló cuando alguien pudo acceder, sin permiso, a la parte trasera de ese enorme espejo. Ahí pudo saberse que los que se creían observadores recíprocos también estaban siendo observados por el personal jerárquico desde atrás del espejo transparente.

Los trabajadores se pusieron espontáneamente furiosos al punto que tuvieron que remplazar el espejo por vidrio común.

Según pude entender con los años existe una tercera causa de envidia. Ocurre cuando imaginamos que otro siente lástima al ver nuestra situación. Envidiamos a quien, por su situación, puede sentir lástima.

         
(Este es el Artículo Nº 1.734)

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