martes, 10 de abril de 2018


ENVIDIA Y ROBO


1)    Veo que el hijo del vecino se pasea con el celular que me robaron. Inmediatamente me enfurezco. Peor aún: como no me animo a denunciarlo, mi furia se duplica.
2)    Siempre estuve desconforme con mi calvicie. Miro la abundante cabellera de un conocido y me enfurezco de envidia. Peor aún: para no sentirme tan mal, imagino que esa cabellera era mía y que él me la robó dejándome calvo. Como sería irracional que se la reclamara, la envidia se vuelve más corrosiva.

En estos dos párrafos quise comentarles la relación entre la ENVIDIA Y EL ROBO.

viernes, 17 de julio de 2015

La monita Mariana



 
Las mujeres gobiernan a la humanidad pero lo hacen a través de los varones.

Como en el actual estado de evolución seguimos guiándonos por las apariencias, seguimos creyendo que el sexo masculino es el dominante, sin reparar en quienes están detrás de esos hombres.

Son puras apariencias milenarias: ellas no se dan cuenta del poder que tienen y ellos prefieren suponer que son los realmente poderosos.


El primer día de escuela, la madre de Mariana volvió para su casa con un nudo en la garganta porque su hijita adorada se había soltado de la mano y se había perdido entre los otros niños, sin darse vuelta para hacerle algún gesto que pudiera traducirse en algo así como «¡Chau, mamá, qué triste estaré lejos de ti!», o que pudiera traducirse en algo así como «¡Qué tristeza siento por alejarme de ti. Toda la mañana anhelaré volver contigo!».

Mariana no se dio vuelta con cara de llanto; además se soltó de la mano para acelerar el alejamiento, para apurarse más en mezclarse con esos niños desconocidos que no se cansaban de hacerles gestos a sus madres desgarradas por la brutal separación escolar.

Ese primer día de clase casi no habló con nadie y fue dedicado a la observación. La maestra la etiquetó como «la monita envidiosa», porque le llamó la atención la abundancia de cabello negro y la pequeñez de sus ojos. Es probable que también haya decidido no pasarla de grado porque, seguramente, Mariana era torpe, tonta, con escasa motricidad fina, que no se haría querer por sus compañeros.

En el otro extremo de la escala zoológica diagnosticada por la maestra, estaba un niño, algo gordito, vestido con una túnica nueva, del tamaño exacto porque cuando crezca podrán comprarle otra. Sobre todo, el niño era inteligente, simpático, de buena conducta porque tenía ojos celestes y cabello rubio.

El olfato de la maestra era casi infalible...o su conducta trataba por todos los medios de provocar los pronósticos. Ni ella ni nosotros podremos averiguarlo.

Efectivamente, Mariana fue una mala alumna. Muy desprolija, desatenta, aunque tan carismática que antes del día viernes ya había organizado una pandilla de secuaces, compuesta por otra niña y cinco varones, ninguno de los cuales era el rubio de ojos celestes.

El nombre «Mariana» se convirtió en famoso en ambos turnos de la escuela. Quienes la admiraban la llamaban «la monita», los demás le decían por su nombre, inclusive su madre, por supuesto..., y la niña tomaba buena nota de esa distinción entre amigos y no amigos, entre compinches y no compinches. Sin embargo, en el fondo, recelaba de todos. Intuía que debía mostrarse confiada pero no confiar en nadie. Por puro instinto.

Aunque con las calificaciones mínimas, siempre logró pasar de un grado al siguiente hasta que pudo ingresar en el nivel liceal. No descarto que los maestros hubieran decidido sacarla del nivel escolar cuanto antes, haciendo la vista gorda ante las ineficiencias de la alumna.

Como fuimos a liceos diferentes, dejé de ver a Mariana. No supe más de ella hasta hace poco, cuando llegó a mis manos un expediente con su historia.

Según esa documentación, Mariana anduvo de mal en peor. En su adolescencia, tuvo relaciones sexuales con un profesor, quedó embarazada y tuvo un hijo al que mató, o dejó morir a causa de sus prolongadas borracheras. Quiso hacer desaparecer el cuerpo del bebé apelando a un procedimiento que prefiero no describir.

En aquella lejana época escolar, nuestra maestra se hizo amiga de mi madre. Por eso supe mucho de Mariana y de lo que la docente pensaba de ella. Creo que la mujer la envidiaba por la increíble capacidad de liderazgo manifestada desde muy pequeña.

Ahora me encuentro en una situación difícil. Mi único hijo, de 6 años, padece una enfermedad que los médicos no saben curar. Como abogado tengo una formación netamente positivista, pragmática, absolutamente exenta de misticismo. Mi esposa es como yo pero, desesperada por la salud de nuestro pequeño, me ha planteado la posibilidad de consultar a Mariana porque en nuestro país se hizo famosa con varias curaciones milagrosas.

Con Mariana fuimos compañeros de clase y siempre la odié porque envidiaba su carisma, su audacia, su facilidad de palabra. Yo, el gordito rubio de ojos claros, intenté infructuosamente liderar el combate a la mala alumna y creo que ella me odió también.

Estoy casi convencido de que mi esposa tendría que llevar a nuestro hijo para que Mariana aplique su poder sanador. A lo que no estoy decidido es si decirle quién es el padre de su paciente u ocultarme, porque si se lo digo quizá no quiera atenderlo, pero si se lo digo y me entero que Mariana nunca reparó en mí, me voy a sentir muy mal.

(Este es el Artículo Nº 2.276)

Significante Nº 2.206c




Envidia: Nueve de cada diez votantes socialistas alivian su envidia perjudicando a los ricos y la agudizan cuando descubren que ellos mismos eran envidiables.

Significante Nº 2.179d




Piedad: Un rico no inspira piedad porque inspira envidia y porque sabe hacerse respetar más que un pobre.

La síntesis de Mariana



 
Los hombres y las mujeres nos necesitamos para algo más que para conservar la especie: psicológicamente nos tomamos como un referente imprescindible. Nuestra identidad está determinada por cómo nos sentimos respecto al otro sexo.
En este relato, Mariana y Yolanda son dos amigas que llegan a una conclusión interesante y original sobre cómo son los hombres.
 
— ¡Qué pregunta tan difícil, Yolanda! Muchos creen que yo sé sobre ellos pero lo cierto es que estoy tan desconcertada como todas...—dijo Mariana a su amiga.

— Tenemos que reconocer que tu experiencia es superior a la nuestra. Casi nunca has estado sola; siempre salís acompañada. Según nos contás, tenés que hacer un esfuerzo para no compartir tu cama. Seguramente algo hacés para que ellos te deseen—, respondió Yolanda, fundamentando así por qué trataba de aprender con Mariana.

— Comprendo que ustedes piensen así, pero lo cierto es que yo no sé qué les pasa a los varones. Para mí, los hombres son un karma. No sé bien qué es un karma pero me lo imagino como una nube personal que te sigue a todos lados, que a veces te da sombra y otras veces te da lluvia— explicó Mariana.

— Creo que te envidio. Con una envidia buena, claro. Salgo, estudio, voy a lugares donde ellos están, pero nada. Parece que soy transparente, insípida e inodora. Me miran pero no se me acercan. Me arreglo como una diva, gasto hasta lo que no tengo en buena ropa, calzado, peluquería, perfumes y lo único que logro es que mis amigas me digan piropos—, respondió Yolanda, explicando, rezongando, quejándose. Un poco desilusionada pero también un poco reivindicativa, como exigiendo un derecho, como reclamando mayor justicia en un supuesto reparto de hombres.

Mariana estaba acostumbrada a estos comentarios. Los había escuchado desde que iba al liceo, donde los compañeros la buscaban y ella no sabía cómo estar un poco sola, sin tantos comedidos, adulones, caballeros gentiles con ínfulas de inteligentes y cancheros. Regalos, llamadas por teléfono.

— Mirá, Yolanda, los hombres son unos bebitos grandes. Son niños tiernos que solo quieren a una madre que los contenga, los mime, que los reciba nuevamente en su útero, aunque, por razones de tamaño, eso solo pueda realizarse cuando se te meten dentro del cuerpo. Con todos siento lo mismo: gozan intentando volver a anidarse en mi útero, poniendo su pene entusiasmado en la vagina. Como suelen eyacular a poco de comenzar el intento, se quedan sin la turgencia necesaria y se vuelven indiferentes, como para disimular que estuvieron intentando volver a la vida intrauterina—, le explicó Mariana a su amiga, asumiendo un tono de maestro cansado de repetir siempre las mismas enseñanzas.

— Para mí no es como me decís. Ellos quieren a una mujer de cabaret, quieren a una vedette, a una hembra impresionante que los encandile. Les gusta lo espectacular, los grandes senos, la mínima cintura, los glúteos bien formados, las piernas esculturales, ...—expuso Yolanda.

— Mirá que no es como pensás. De hecho tu problema es que no conseguís compañía masculina. Ellos dicen que admiran a una vedette solo porque no asumen que desean a una madre que los trate como a un hijo. Si supieran que se excitan con quien les recuerda a su mamá, se morirían de vergüenza. ¡No no lo quieren ni pensar! Por eso simulan admirar a una mujer bien diferente a su madre, pero terminan acostándose conmigo, que me parezco a quien los trajo al mundo.

 — ¡No te puedo creer! Toda mi vida me han dicho que soy divina, pero después ninguno concreta algo serio como me gustaría a mí. Sin embargo vos, siempre tan sencilla para arreglarte, los terminás echando y ellos se van haciendo pucheros o insistiendo para quedarse contigo—, suspiró Yolanda.

— Los hombres que se comportan como vos bien decís son niños inocentes que sueñan con ser unos «chicos malos», es decir, son ingenuos que desearían ser tan traviesos como si fueran unos «hijos de puta», y esa puta soy yo—, redondeó Mariana, haciendo una síntesis que la sorprendió a ella misma.

(Este es el Artículo Nº 2.271)


jueves, 4 de junio de 2015

La historia de ramoncito



 
Es probable que en esta historia de amor encontremos algo que pueda ayudarnos a darle un poco más de durabilidad a nuestros vínculos amorosos.

Mariana parece haber descubierto un recurso insólito para fortalecer su vínculo matrimonial. Quizá está copiando una característica extraña que posee el vínculo de los cristianos con Jesús.

 
Entre primas, hermanas y amigas, Mariana disfrutaba de la compañía de ocho mujeres. Ella era la única que no se había divorciado.

Vivía con su ramoncito, con una actitud intrascendente, con escasos sobresaltos económicos, pero con muchos sustos por causa de los hijos. Claro que, hoy en día, una familia con seis hijos TIENE que estar un poco más estresada que la misma familia hace cincuenta años.

Puede llamarle la atención que escribí ramoncito, siendo que lo habitual es utilizar una mayúscula para los nombres propios. Lo que ocurre es que, en este caso, ramoncito no es un nombre propio, un vocativo, como dirían los gramáticos, sino un adjetivo, esto es, «un modificador del sustantivo» (como seguramente seguirían diciendo esos profesionales del habla).

Ramoncito con minúscula pasó a ser un adjetivo entre quienes lo conocían porque Mariana no dejaba de utilizar esa expresión intrafamiliar para calificar. Algo bueno, bonito, barato, eficiente, trabajador, respetuoso, incansable y buen amante era, según ella, «un ramoncito», aludiendo de este modo a su inquebrantable satisfacción con el hombre que le había tocado en suerte.

Las ocho amigas y las amigas de las amigas, se burlaban un poco de esta idolatría, pero reconocían además que Mariana era «la salud caminando», como aseguraba la gorda Helena (tres veces divorciada y a quien no le paraba un solo varón, según diagnóstico de la Pocha).

Las burlas con ramoncito también estaban cargadas de envidia. Él seguía con la costumbre de caminar con una mano sobre el hombro de ella. Al verlos caminar por el barrio, eran UN matrimonio, UNA pareja. No inspiraban pluralidad sino singularidad. No era posible ver en ellos a dos personas sino a UNA pareja.

No les he dicho hasta ahora que yo soy la hija menor de Mariana. Si ella no hubiera sido mi madre, habría sido mi mejor amiga. Creo que yo era su predilecta, aunque no fui la que le dio menos dolores de cabeza.

La quise tanto que me peleé con mis hermanos para monopolizar el cuidado en el sanatorio y en el lecho de muerte hasta que, antes de expirar, me apretó la mano y me dijo «Chau».

Nunca había oído de un moribundo que se despidiera con tanta naturalidad.

Creo que la intimidad de la sala sanatorial fue determinante para que me contara lo que hasta este relato conservé como el secreto mejor guardado. Como ahora también murió ramoncito, ya no tiene sentido mi discreción.

¿Saben cómo hacía mamá-Mariana para mantener a su ramoncito como un rey, incapaz de abdicar al reinado que solo una esposa inteligente puede conceder? Muy fácil: simulaba que la penetración anal le dolía pero que gozaba infinitamente viendo cómo él gozaba. Me dijo: «Las mujeres que simulamos gozar sufriendo por el otro, nunca somos abandonadas. Por eso tantas gritan en el parto: para que el hijo nunca las abandone».

¡Una genia la vieja!

(Este es el Artículo Nº 2.270)