martes, 2 de julio de 2013

Psicología de los medios de comunicación

 
Para que el espectador se deje penetrar por la publicidad que gobernará sus decisiones, debe sentirse el rey del planeta.

A todos nos gusta sentirnos respetados, importantes, reconocidos y casi no nos molestan las adulaciones, la exageración de nuestros méritos o la exaltación paroxística de cuán maravillosos somos a pesar de nuestra indisimulada modestia.

Con esta mínima descripción de nuestras predilecciones, los medios de comunicación hacen su tarea, trabajan honestamente, cumplen su propósito, esto es, maximizar la audiencia para que muchos avisadores los elijan como el medio para canalizar sus anuncios y la rentabilidad proporcione alegría económica para todos.

El dinero contante y sonante que paga este despliegue de actividades bien intencionadas es el consumidor final, aquella persona que compra cierto jabón, que vota a cierto candidato o que paga intereses, comisiones y demás gastos de administración por cierta tarjeta de crédito.

Para que el consumidor final que escucha la radio, que lee el diario o que mira la televisión se sienta respetado debe recibir información relevante. Como su tiempo es valioso, los medios deben decirle lo que para él es importante: crímenes, asaltos, injusticias, violencia doméstica, epidemias de las que vamos a ver cómo podremos salvarnos, amenazas impositivas, derrame de corrupción política con fondos públicos, escándalos sexuales provocados por gente respetable, influyente y particularmente envidiada por una mayoría de espectadores, rumores que podrían convertirse en noticia de un momento a otro, otra mala acción cometida por quien es popularmente odiado, el pronóstico del clima.

Para que el espectador se abra a toda la información y se quede abierto para dejarse penetrar por la publicidad que gobernará sus decisiones, debe sentirse un rey a quien sus aduladores vasallos periodistas le pasan las novedades del día sobre cómo está el mundo del que, por unos cuantos minutos, se siente propietario.

(Este es el Artículo Nº 1.936)


domingo, 2 de junio de 2013

Un útero vale por mil cerebros




Un útero vale por mil cerebros porque gestando ellas logran una maravillosa sensación de trascendencia que los varones envidiamos.

Una imagen vale por mil palabras, un símbolo vale por mil imágenes y un útero vale por mil cerebros.

Las dos primeras sentencias corresponden a un adagio chino, la tercera es un agregado que hice yo y que trataré de fundamentar en este artículo.

Una vez que los varones logramos encontrar el equilibrio entre la necesidad de fundar una familia y los ingresos económicos suficientes, aparece la segunda etapa de la vida masculina, con una pregunta a prueba de genios: «¿Qué estoy haciendo en este trabajo de mierda?».

Los varones jóvenes son unos desastres. A ellos se aplica mejor que a nadie aquel otro adagio de nacionalidad desconocida que dice: «Para quien está desorientado todos los caminos le dan lo mismo».

Sin embargo las mujeres tienen todo resuelto. Ellas quieren ser madres y la humanidad entera quiere que sean madres. Esa fuerte confluencia de intereses les allana el camino.

Si las mujeres se angustian es porque no saben quién podrá fecundarlas pues ahí se encuentran con una legión de varones desorientados, que no saben lo que quieren, que empiezan a estudiar algo de rápida inserción laboral pero que es patéticamente aburridor, desearían hacer algo más concreto pero resulta que ese sector está superpoblado de potenciales competidores que lo espantan a dentelladas feroces, querría dedicarse a lo que realmente ama, a lo que aplicaría toda su pasión, a lo que le genera un entusiasmo delirante, pero el resultado de toda esa aplicación de energía juvenil y masculina no tiene quién pague un peso por él.

Un útero vale por mil cerebros porque gestando las mujeres logran una maravillosa sensación de trascendencia, de realización personal, de «servir para algo», que los varones envidiamos.

(Este es el Artículo Nº 1.875)

sábado, 4 de mayo de 2013

El éxito de los buenos padres de familia



 
Los individuos o empresas mejor posicionados en el mercado son considerados «buenos padres (o madres) de familia». Este dato es fundamental.

Para el diccionario de nuestra lengua, la palabra «cliente» significa lo que todos sabemos:

«Persona que utiliza con asiduidad los servicios de un profesional o empresa»,

pero también significa lo que pocos sabemos:

«Persona que está bajo la protección o tutela de otra».

Esta segunda acepción tuve que aprenderla cuando estudié psicología, porque nunca falta algún capitalista radical que a los pacientes los denomina «cliente», para asegurarse de que los anti-capitalistas (de los cuales están llenas todas las universidades), pondrán el grito en el cielo.

Fue entonces que tuve que reconocer que los capitalistas tenían tanta razón como los socialistas, coincidencia esta que mantengo en absoluta reserva para que uno y otro bando no se traben en lucha y yo quede en el medio para pagar los platos rotos.

A partir de esa definición de «paciente-cliente» creo que es posible entender que consiguen trabajo aquellas personas que podrían ser «buenos padres de familia».

Este concepto de «buen padre de familia» tiene siglos de antigüedad y continúa vigente a pesar de que hoy debería decir «buen padre o buena madre de familia».

Se lo encuentra presente en los estudios referidos al derecho civil sobre contratos y obligaciones.

A la hora de determinar las causas, responsabilidades y culpas en los incumplimientos de los contratos, están previstos varios criterios para juzgar si el incumplidor actuó como «un buen padre de familia» o pecó de negligente, descuidado, omiso, irresponsable.

De hecho existe un contrato generalmente verbal entre un cliente-paciente y un proveedor de bienes o servicios.

Los individuos o empresas mejor posicionados en el mercado lo son porque están considerados «buenos padres (o madres) de familia». Por lo tanto, es dato es clave.

   
(Este es el Artículo Nº 1.843)

Quienes predicen ejecutan lo pronosticado



 
Quien aconseja incluyendo terribles consecuencias para el caso de desobediencia a lo aconsejado, actuará para que sus predicciones se cumplan.

Tenemos múltiples debilidades. Una de ellas es la incertidumbre, la ansiedad que nos provoca el futuro desconocido.

No es que quiera hacer publicidad a favor de los demás animales pero ellos han logrado algo que para nosotros es fatal: no se preocupan por la muerte.

¡Son geniales y envidiables!

Los humanos no tenemos más remedio que engañarnos para poder convivir con la sensación de que somos la especie más imperfecta y vulnerable. Si esto mismo le pasara a los perros o a las iguanas, estoy seguro de que ellos se engañarían a sí mismos tanto como nosotros.

Es por todo esto que los humanos nos mentimos creyendo cosas insólitas. Por ejemplo, creemos que existen fórmulas infalibles para no padecer algunos problemas clásicos de nuestra biología.

Claro que, después de haber aceptado la credibilidad de esos procedimientos, quedamos pendientes de que no vayan a aparecer demasiadas excepciones que nos hagan dudar de su eficacia.

Por ejemplo, algunos dicen que hay que tomar dos litros de agua por día, sin importar la temperatura, ni la actividad física, ni el tipo de alimentos ingeridos, ni la humedad ambiente: hay que tomarse esos dos litros de agua sea como sea.

Una vez que esta «certeza» nos permite disminuir la mortificante incertidumbre, sobre si nos enfermaremos o no, respecto a si se nos arrugará la piel o no, de si estaremos felices o no,  solemos pasar a la Etapa II: recomendar la fórmula a otros, sin ahorrar ninguna de las trágicas consecuencias que provocaría la desobediencia.

Quienes escuchamos esa recomendación y sus amenazas solemos no darnos cuenta de que el profeta hará hasta lo imposible para que se nos cumplan sus horribles predicciones.

(Este es el Artículo Nº 1.845)

El embarazo de los grandes hombres



 
La viril aspiración delirante de gestar un hijo (en forma Premio Nobel, de proeza), busca construir a quien probablemente nos amará.

«Estoy seguro de que los varones tenemos envidia del útero y de los senos. Nos hacemos los indiferentes menospreciando a las mujeres de mil maneras» (1), pero organizamos la cultura imponiéndonos a fuerza de músculos y adrenalina, para que ellas nos pertenezcan, sean de nuestra propiedad, integrantes de nuestro patrimonio.

«Si no puedes con él, únetele», aconseja una sentencia antigua, pragmática, sabia.

Las mujeres más inteligentes no suelen ser las más lindas porque ocurre que la inteligencia se desarrolla hasta su máxima potencialidad solo por la necesidad de sobrevivir.

Es casi imposible que un ser humano saciado, colmado, satisfecho, logre hacer algo mejor que dormir la siesta.

En un artículo recientemente publicado (2), propongo la hipótesis de que es tan fuerte la necesidad de trascender, de hacer algo grandioso, que muchas personas, inconscientemente, se meten en situaciones EMBARAZOSAS, complicadas, riesgosas, solo para imaginar que están embarazadas, gestando la vida de un semejante.

Si nos detenemos a observar la existencia de esas grandes personalidades de la humanidad que han realizado obras asombrosas por lo complejas, importantes, costosas, arriesgadas, podremos observar dos detalles interesantes:

1º) Todas esas personas son de sexo masculino; y
2º) Ninguno de ellos logró hacer algo más valioso que un simple niño, gestado por una adolescente analfabeta.

Pero a los varones que nos metemos en grandes obras EMBARAZOSAS, no solamente nos importa trascender, calmar las aspiraciones narcisísticas de ser famosos, celebrados, admirados, también buscamos algo imposible, muy similar a la zanahoria que el burrito persigue en su ambición e ignorancia.

La viril y delirante aspiración de gestar un hijo (en forma Premio Nobel, de mega proyecto, de proeza), busca construir algo que nos provea amor.

(Este es el Artículo Nº 1.821)