El odio es un gran sentimiento,
capaz de proveernos de energía. Los pobres y los cobardes en extremo no lo
valoran y hasta lo condenan porque la ideología cristiana les ha inculcado la
pobreza como forma de no competir con los ricos que proveen de dinero al
Vaticano. El cristianismo nos induce a no odiar y a no envidiar para privarnos
del estímulo que la grandeza ajena podría darnos. El cristianismo trabaja para
que seamos mediocres y estemos orgullosos de ser pobres.
jueves, 27 de diciembre de 2018
jueves, 28 de junio de 2018
LA ENVIDIA
Es una pasión y como tal
provee energía a la existencia.
En casos elementales el
envidioso puede intentar apropiarse del objeto envidiado; en casos graves puede
intentar el exterminio de quien posee el objeto o la situación envidiada.
Metafóricamente se dice: “muerto el perro se terminó la rabia”.
martes, 10 de abril de 2018
ENVIDIA Y ROBO
1)
Veo que el hijo del vecino se
pasea con el celular que me robaron. Inmediatamente me enfurezco. Peor aún:
como no me animo a denunciarlo, mi furia se duplica.
2)
Siempre estuve desconforme con
mi calvicie. Miro la abundante cabellera de un conocido y me enfurezco de
envidia. Peor aún: para no sentirme tan mal, imagino que esa cabellera era mía
y que él me la robó dejándome calvo. Como sería irracional que se la reclamara,
la envidia se vuelve más corrosiva.
En estos dos párrafos quise comentarles la
relación entre la ENVIDIA Y EL ROBO.
viernes, 17 de julio de 2015
La monita Mariana
Las mujeres gobiernan a la humanidad pero lo hacen a través
de los varones.
Como en el actual estado de evolución seguimos guiándonos por
las apariencias, seguimos creyendo que el sexo masculino es el dominante, sin reparar
en quienes están detrás de esos hombres.
Son puras apariencias milenarias: ellas no se dan cuenta del
poder que tienen y ellos prefieren suponer que son los realmente poderosos.
El primer día de escuela, la
madre de Mariana volvió para su casa con un nudo en la garganta porque su hijita adorada se había soltado de la
mano y se había perdido entre los otros niños, sin darse vuelta para hacerle
algún gesto que pudiera traducirse en algo así como «¡Chau, mamá, qué
triste estaré lejos de ti!», o que pudiera traducirse en algo así como «¡Qué
tristeza siento por alejarme de ti. Toda la mañana anhelaré volver contigo!».
Mariana no se dio vuelta con cara de llanto; además se soltó de la mano
para acelerar el alejamiento, para apurarse más en mezclarse con esos niños
desconocidos que no se cansaban de hacerles gestos a sus madres desgarradas por
la brutal separación escolar.
Ese primer día de clase casi no habló con nadie y fue dedicado a la
observación. La maestra la etiquetó como «la monita envidiosa», porque le llamó
la atención la abundancia de cabello negro y la pequeñez de sus ojos. Es
probable que también haya decidido no pasarla de grado porque, seguramente,
Mariana era torpe, tonta, con escasa motricidad fina, que no se haría querer
por sus compañeros.
En el otro extremo de la escala zoológica diagnosticada por la maestra,
estaba un niño, algo gordito, vestido con una túnica nueva, del tamaño exacto
porque cuando crezca podrán comprarle otra. Sobre todo, el niño era
inteligente, simpático, de buena conducta porque tenía ojos celestes y cabello
rubio.
El olfato de la maestra era casi infalible...o su conducta trataba por
todos los medios de provocar los pronósticos. Ni ella ni nosotros podremos
averiguarlo.
Efectivamente, Mariana fue una mala alumna. Muy desprolija, desatenta,
aunque tan carismática que antes del día viernes ya había organizado una
pandilla de secuaces, compuesta por otra niña y cinco varones, ninguno de los
cuales era el rubio de ojos celestes.
El nombre «Mariana» se convirtió en famoso en ambos turnos de la
escuela. Quienes la admiraban la llamaban «la monita», los demás le decían por
su nombre, inclusive su madre, por supuesto..., y la niña tomaba buena nota de
esa distinción entre amigos y no amigos, entre compinches y no compinches. Sin
embargo, en el fondo, recelaba de todos. Intuía que debía mostrarse confiada
pero no confiar en nadie. Por puro instinto.
Aunque con las calificaciones mínimas, siempre logró pasar de un grado
al siguiente hasta que pudo ingresar en el nivel liceal. No descarto que los
maestros hubieran decidido sacarla del nivel escolar cuanto antes, haciendo la
vista gorda ante las ineficiencias de la alumna.
Como fuimos a liceos diferentes, dejé de ver a Mariana. No supe más de
ella hasta hace poco, cuando llegó a mis manos un expediente con su historia.
Según esa documentación, Mariana anduvo de mal en peor. En su
adolescencia, tuvo relaciones sexuales con un profesor, quedó embarazada y tuvo
un hijo al que mató, o dejó morir a causa de sus prolongadas borracheras. Quiso
hacer desaparecer el cuerpo del bebé apelando a un procedimiento que prefiero
no describir.
En aquella lejana época escolar, nuestra maestra se hizo amiga de mi
madre. Por eso supe mucho de Mariana y de lo que la docente pensaba de ella.
Creo que la mujer la envidiaba por la increíble capacidad de liderazgo
manifestada desde muy pequeña.
Ahora me encuentro en una situación difícil. Mi único hijo, de 6 años,
padece una enfermedad que los médicos no saben curar. Como abogado tengo una
formación netamente positivista, pragmática, absolutamente exenta de
misticismo. Mi esposa es como yo pero, desesperada por la salud de nuestro
pequeño, me ha planteado la posibilidad de consultar a Mariana porque en
nuestro país se hizo famosa con varias curaciones milagrosas.
Con Mariana fuimos compañeros de clase y siempre la odié porque
envidiaba su carisma, su audacia, su facilidad de palabra. Yo, el gordito rubio
de ojos claros, intenté infructuosamente liderar el combate a la mala alumna y
creo que ella me odió también.
Estoy casi convencido de que mi esposa tendría que llevar a nuestro hijo
para que Mariana aplique su poder sanador. A lo que no estoy decidido es si
decirle quién es el padre de su paciente u ocultarme, porque si se lo digo
quizá no quiera atenderlo, pero si se lo digo y me entero que Mariana nunca
reparó en mí, me voy a sentir muy mal.
(Este
es el Artículo Nº 2.276)
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Significante Nº 2.206c
Envidia: Nueve de cada diez votantes socialistas alivian su envidia
perjudicando a los ricos y la agudizan cuando descubren que ellos mismos eran
envidiables.
Significante Nº 2.179d
Piedad: Un rico no inspira piedad porque inspira envidia y porque
sabe hacerse respetar más que un pobre.
La síntesis de Mariana
Los hombres
y las mujeres nos necesitamos para algo más que para conservar la especie:
psicológicamente nos tomamos como un referente imprescindible. Nuestra
identidad está determinada por cómo nos sentimos respecto al otro sexo.
En este
relato, Mariana y Yolanda son dos amigas que llegan a una conclusión
interesante y original sobre cómo son los hombres.
— ¡Qué pregunta tan difícil,
Yolanda! Muchos creen que yo sé sobre ellos pero lo cierto es que estoy tan
desconcertada como todas...—dijo Mariana a su amiga.
— Tenemos que reconocer que tu
experiencia es superior a la nuestra. Casi nunca has estado sola; siempre salís
acompañada. Según nos contás, tenés que hacer un esfuerzo para no compartir tu
cama. Seguramente algo hacés para que ellos te deseen—, respondió Yolanda,
fundamentando así por qué trataba de aprender con Mariana.
— Comprendo que ustedes
piensen así, pero lo cierto es que yo no sé qué les pasa a los varones. Para
mí, los hombres son un karma. No sé bien qué es un karma pero me lo imagino
como una nube personal que te sigue a todos lados, que a veces te da sombra y
otras veces te da lluvia— explicó Mariana.
— Creo que te envidio. Con una
envidia buena, claro. Salgo, estudio, voy a lugares donde ellos están, pero
nada. Parece que soy transparente, insípida e inodora. Me miran pero no se me
acercan. Me arreglo como una diva, gasto hasta lo que no tengo en buena ropa,
calzado, peluquería, perfumes y lo único que logro es que mis amigas me digan
piropos—, respondió Yolanda, explicando, rezongando, quejándose. Un poco
desilusionada pero también un poco reivindicativa, como exigiendo un derecho,
como reclamando mayor justicia en un supuesto reparto de hombres.
Mariana estaba acostumbrada a
estos comentarios. Los había escuchado desde que iba al liceo, donde los
compañeros la buscaban y ella no sabía cómo estar un poco sola, sin tantos
comedidos, adulones, caballeros gentiles con ínfulas de inteligentes y
cancheros. Regalos, llamadas por teléfono.
— Mirá, Yolanda, los hombres
son unos bebitos grandes. Son niños tiernos que solo quieren a una madre que
los contenga, los mime, que los reciba nuevamente en su útero, aunque, por
razones de tamaño, eso solo pueda realizarse cuando se te meten dentro del
cuerpo. Con todos siento lo mismo: gozan intentando volver a anidarse en mi
útero, poniendo su pene entusiasmado en la vagina. Como suelen eyacular a poco
de comenzar el intento, se quedan sin la turgencia necesaria y se vuelven
indiferentes, como para disimular que estuvieron intentando volver a la vida
intrauterina—, le explicó Mariana a su amiga, asumiendo un tono de maestro
cansado de repetir siempre las mismas enseñanzas.
— Para mí no es como me decís.
Ellos quieren a una mujer de cabaret, quieren a una vedette, a una hembra
impresionante que los encandile. Les gusta lo espectacular, los grandes senos,
la mínima cintura, los glúteos bien formados, las piernas esculturales,
...—expuso Yolanda.
— Mirá que no es como pensás.
De hecho tu problema es que no conseguís compañía masculina. Ellos dicen que admiran a una vedette solo
porque no asumen que desean a una
madre que los trate como a un hijo. Si supieran que se excitan con quien les
recuerda a su mamá, se morirían de vergüenza. ¡No no lo quieren ni pensar! Por
eso simulan admirar a una mujer bien diferente a su madre, pero terminan
acostándose conmigo, que me parezco a quien los trajo al mundo.
— ¡No te puedo creer! Toda mi vida me han
dicho que soy divina, pero después ninguno concreta algo serio como me gustaría
a mí. Sin embargo vos, siempre tan sencilla para arreglarte, los terminás
echando y ellos se van haciendo pucheros o insistiendo para quedarse contigo—,
suspiró Yolanda.
— Los hombres que se comportan
como vos bien decís son niños inocentes que sueñan con ser unos «chicos malos», es
decir, son ingenuos que desearían ser tan traviesos como si fueran unos «hijos
de puta», y esa puta soy yo—, redondeó Mariana, haciendo una síntesis que la
sorprendió a ella misma.
(Este es el Artículo Nº 2.271)
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