lunes, 2 de junio de 2014

La fuerza de los trabajadores explotados



 
Somos fuertes si somos útiles y somos débiles si somos inútiles.

El narcisismo es la creencia según la cual los demás nos aman con la misma ciega pasión con que nos amamos a nosotros mismos.

Es una suposición muy dulce, tierna, amorosa, placentera, equivocadísima. No es cierto que los demás nos amen tanto como nosotros mismos nos amamos. Más aun: los demás, en el mejor de los casos, son indiferentes; en el peor de los casos nos odian, nos envidian, nos celan, desearían destruirnos.

Así de confusas son nuestras relaciones con los demás: con nuestros padres, hermanos, tíos, primos, cónyuge, compañeros de trabajo, jefes, gobernantes, vecinos, conocidos, desconocidos.

Para ganarnos el pan tenemos que dar algo a cambio. Es decir, excepto mamá y papá, que están instintivamente obligados a cuidarnos, todos los demás no están preocupados por si estamos bien, regular o mal.

Por lo tanto, nos ganamos el pan porque le damos a nuestro empleador algo que para él es útil.

A veces el discurso socialista o comunista es lo suficientemente ambivalente como para dejarnos creer que los capitalistas o el estado tienen que preocuparse por nuestro bienestar. Eso es falso: solo estamos protegidos por nosotros mismos y los demás nos ayudarán en la medida que nuestra existencia les resulte rentable, beneficiosa, divertida, digna de ser cuidada para que ellos (quienes nos ayuden), no se pierdan las ventajas de que sigamos existiendo.

Como vemos: nosotros nos amamos (narcisismo) porque estamos interesados en seguir viviendo (instinto de conservación) y alguien más puede amarnos en la medida que también tenga algún interés, beneficio, conveniencia.

Los trabajadores tienen fuerza siempre y cuando sean útiles para los empleadores. Si los trabajadores no fueran ventajosos para los empleadores no tendrían la potestad de presionarlos amenazándolos con dejar de trabajar (huelga).

En suma: cuantos mayores sean las ganancias que recibe nuestro empleador de nuestra producción, mayor será la fuerza que ejerceremos sobre él, amenazándolo con dejar de producir si no mejora las condiciones laborales.

Somos fuertes si somos útiles y somos débiles si somos inútiles.

(Este es el Artículo Nº 2.201)

A mí no me va a pasar



 
En este artículo comento algunas hipótesis de por qué usted, yo y el resto de la gente, disfrutamos con el mal ajeno.

La inagotable desigualdad es una fuente inagotable de noticias.

La desigualdad provoca atracción por varios motivos:

1) Porque nos excita la envidia, en tanto algunos están mejor que nosotros;

2) Porque nos alegra saber que otros están peor, por aquello de «Mal de muchos consuelo de tontos» y además, porque nos alegra saber que provocamos envidia;

3) Porque nos alegra saber que otros están peor, por aquello de «Ver las barbas del vecino arder y poner las propias en remojo», es decir, con la desgracia ajena podemos tomar precauciones;

4) Porque por medio de la identificación sentimos que el otro es «igual» a nosotros, pero resulta que el dolor que nos produce la desgracia ajena nos parece perfectamente tolerable. Entonces, la desgracia ajena nos provee una experiencia de insensibilidad, de fortaleza, de estoicismo.

Esta actitud está presente desde la más tierna infancia. Los niños disfrutan observando cómo otros lloran porque son castigados y, hasta donde pueden, colaboran denunciando a los amiguitos para disfrutar con el espectáculo de los rezongos y golpizas a hermanos o amiguitos.

En suma: usted, yo y el resto de la gente, disfrutamos con el mal ajeno, siempre y cuando no resultemos perjudicados. Si no conocemos estas particularidades humanas quedamos expuestos a participar en vínculos equivocados y a comunicarnos con sobreentendidos falsos.

Creo que es útil saber lo lindo y lo feo, de nosotros mismos y de los demás. Aunque los tragos amargos son desagradables para todo el mundo, peor es sufrir las pérdidas que generan la ignorancia o la ingenuidad.

(Este es el Artículo Nº 2.198)

Significante Nº 1.819b



¡Si será difícil vivir privándonos de lo que necesitamos para poder comprar lo que otros envidiarán!

La envidia a mi madre



 
 
Qué mal me caen los novios de mi madre. He llegado a pensar que ella quiere molestarme, darme celos, enfrentarme a hombres duros, de mal carácter, que disfrutan amonestándome, que deliberadamente la tocan, la manosean, le dan palmadas en los glúteos, le comprimen los senos, la besan en el cuello para que yo oiga el ruido hasta de la abundante saliva que la hace reír y secarse con el hombro.

Sin embargo, quizá porque soy un poco masoquista, mis fantasías solitarias incluyen escenas que aun no he llegado a presenciar, pero que las imagino verosímiles, pornográficas, depravadas, perversas.

El cuerpo de mi madre es maravilloso y todo lo que hace irradia erotismo, pasión, deseo, simpatía. Se burla de mi enojo y para tranquilizarme me aprieta contra los senos, cuya tensión percibe todo mi cuerpo y cuya suavidad acarició varias veces mis mejillas, sin que yo lo intentara pero que ella forzó, venciendo mi floja resistencia.

Mi padre me pregunta por ella. Insinúa que todavía la quiere, pero tampoco él me gusta para ella. Es un oficinista mediocre, demasiado prolijo, que tiene letra caligráfica, zapatos lustrados, corbata de doble nudo simétrico. Hace tiempo que no me encuentro con él pero seguramente sigue usando litros de una insoportable loción de Dr. Selby.

A mamá le regalan muchos perfumes comprados en los free-shops porque estos abusadores la llenan de adulaciones. Su mesa de maquillaje no tiene lugar para nada más. Ahora puso una silla para seguir agregando pinturas, colores, brochas.

He sentido deseos de matarme. Me miro en el espejo y confirmo que mi cuerpo no tiene valor. Días pasados sentí una conversación en la que ella le pedía a uno de los novios que me invitara a visitar un prostíbulo. Él le decía que no me veía con ganas de estar con mujeres. Ella le insistía porque me notaba demasiado madrero, le decía que me encuentra inmaduro para mis 17 años. El hombre no decía nada. Quizá la estuviera acariciando sin escucharla.

Algo pactaron porque, inexplicablemente, ella dijo que tenía que hacer unas compras y me dejó a solas con él.

Sentí que mi corazón huía dejándome abandonado. Las manos se llenaron de sudor helado.

— ¿Es cierto que te gustan los hombres? —me dijo con tono sarcástico y burlón. Sentí terror. El animal comenzó a bajarse el cierre del pantalón y me pareció ver que su pene estaba erecto. Salí corriendo, me encerré en mi dormitorio. No pude llorar, me enrollé como un feto. Mi pene palpitaba. El ano también.

Aunque sigo deseando tener un cuerpo como el de mi madre, controlo mejor el deseo de que sus hombres me posean.

(Este es el Artículo Nº 2.210)

Significante Nº 1.812d



Un chisme es una buena noticia sobre lo mal que le va a quienes envidiamos.