lunes, 2 de junio de 2014

Significante Nº 1.819b



¡Si será difícil vivir privándonos de lo que necesitamos para poder comprar lo que otros envidiarán!

La envidia a mi madre



 
 
Qué mal me caen los novios de mi madre. He llegado a pensar que ella quiere molestarme, darme celos, enfrentarme a hombres duros, de mal carácter, que disfrutan amonestándome, que deliberadamente la tocan, la manosean, le dan palmadas en los glúteos, le comprimen los senos, la besan en el cuello para que yo oiga el ruido hasta de la abundante saliva que la hace reír y secarse con el hombro.

Sin embargo, quizá porque soy un poco masoquista, mis fantasías solitarias incluyen escenas que aun no he llegado a presenciar, pero que las imagino verosímiles, pornográficas, depravadas, perversas.

El cuerpo de mi madre es maravilloso y todo lo que hace irradia erotismo, pasión, deseo, simpatía. Se burla de mi enojo y para tranquilizarme me aprieta contra los senos, cuya tensión percibe todo mi cuerpo y cuya suavidad acarició varias veces mis mejillas, sin que yo lo intentara pero que ella forzó, venciendo mi floja resistencia.

Mi padre me pregunta por ella. Insinúa que todavía la quiere, pero tampoco él me gusta para ella. Es un oficinista mediocre, demasiado prolijo, que tiene letra caligráfica, zapatos lustrados, corbata de doble nudo simétrico. Hace tiempo que no me encuentro con él pero seguramente sigue usando litros de una insoportable loción de Dr. Selby.

A mamá le regalan muchos perfumes comprados en los free-shops porque estos abusadores la llenan de adulaciones. Su mesa de maquillaje no tiene lugar para nada más. Ahora puso una silla para seguir agregando pinturas, colores, brochas.

He sentido deseos de matarme. Me miro en el espejo y confirmo que mi cuerpo no tiene valor. Días pasados sentí una conversación en la que ella le pedía a uno de los novios que me invitara a visitar un prostíbulo. Él le decía que no me veía con ganas de estar con mujeres. Ella le insistía porque me notaba demasiado madrero, le decía que me encuentra inmaduro para mis 17 años. El hombre no decía nada. Quizá la estuviera acariciando sin escucharla.

Algo pactaron porque, inexplicablemente, ella dijo que tenía que hacer unas compras y me dejó a solas con él.

Sentí que mi corazón huía dejándome abandonado. Las manos se llenaron de sudor helado.

— ¿Es cierto que te gustan los hombres? —me dijo con tono sarcástico y burlón. Sentí terror. El animal comenzó a bajarse el cierre del pantalón y me pareció ver que su pene estaba erecto. Salí corriendo, me encerré en mi dormitorio. No pude llorar, me enrollé como un feto. Mi pene palpitaba. El ano también.

Aunque sigo deseando tener un cuerpo como el de mi madre, controlo mejor el deseo de que sus hombres me posean.

(Este es el Artículo Nº 2.210)

Significante Nº 1.812d



Un chisme es una buena noticia sobre lo mal que le va a quienes envidiamos.  

viernes, 2 de mayo de 2014

Es injusto igualar lo diferente



 
Probablemente todos viviríamos mejor si los varones tuviéramos méritos para ser los responsables de las mujeres y los hijos que tuviéramos con ellas. La igualación de nuestros roles nos confunde, nos angustia, nos hace perder calidad de vida.

Nuestra cultura cultiva la envidia, probablemente con el tortuoso afán de mejorar la convivencia a través de la igualación de los diferentes.

Cuando digo diferentes me refiero a los hombres y a las mujeres, a los ricos y a los pobres, a quienes viven en países muy desarrollados y a quienes viven en países muy subdesarrollados.

La envidia es un sentimiento destructivo por su agresividad. El envidioso quiere disfrutar lo que imagina que el otro disfruta y si no puede lograrlo por la buenas, es decir, tratando de superarse, elegirá la vía rápida, esto es, destruir a quien le provoca envidia, ya sea dificultando su aparente bienestar o, directamente, matándolo.

Este sentimiento está en nuestra psiquis, funciona y seguramente es necesario. Por algo, en tantos milenios de evolución como especie, aun continúa funcionando y, como digo al principio, ahora con el apoyo de muchas personas que consideran beneficioso predisponer anímicamente a quienes están mal contra quienes aparentan estar mejor.

Para que las mujeres pudieran vivir mejor es probable que tendrían que pertenecer casi patrimonialmente a un varón de gran coraje, poderoso, autoritario, capaz de generar los recursos económicos suficientes para mantener una gran familia.

En ese contexto, la mujer se sentiría segura, ejerciendo un rol de hembra capaz de gestar y de ayudar a los hijos del gran hombre.

Sin embargo, esto es imposible porque ya no existen hombres con esas cualidades. Los varones actuales, (es decir, los menores de 100 años), no tenemos tanto coraje, fortaleza, heroísmo, ambición, don de mando. Podría agregar que ellas son tan feministas porque los varones nos hemos afeminado. En otras palabras, la igualdad se produce por un doble acercamiento: ellas son más independientes y viriles y los varones somos más dependientes y femeninos.

Este acercamiento es molesto porque perdemos identidad, dudamos sobre quiénes somos en realidad. Perdemos percepción de sexo porque perdemos rasgos claramente diferenciadores. Cada vez es más difícil saber si somos hombres o mujeres, nuestras respectivas sensibilidades se confunden.

Por estos elementos creo que podríamos vivir mejor si pudiéramos realzar las diferencias que aporten nitidez a nuestros perfiles y si perdiéramos las semejanzas que borronean nuestras figuras.

(Este es el Artículo Nº 2.197)

La envidia como factor económico



 
El problema de la desigualdad en el reparto de la riqueza no sería tan problemático si los instigadores de la envidia dejaran de sabotear la convivencia pacífica de los ciudadanos.

Ahora que los problemas sanitarios están relativamente más controlados que hace un siglo, la desigualdad socioeconómica es uno de los principales problemas de la humanidad.

Lo que es un problema genuino es la indigencia, es decir, ese estado de pobreza extrema en el que los individuos no tienen suficiente cantidad de alimento, abrigo y resguardo habitacional como para sobrevivir.

La calidad de vida de quienes no son indigentes, es decir, la calidad de vida de los pobres es un problema magnificado, en gran medida, por la envidia.

Provocar ese malestar es una forma de ganar aplausos, pues quienes señalan con tono moralista que nadie puede soportar responsablemente que algunos sean propietarios de la mitad del planeta mientras que otros ni siquiera tienen casa propia, es un gesto mal intencionado.

Pretenden aliarse verbalmente con los más necesitados (no indigentes) para enemistarlos contra otros. Son insidiosos.

No está mal informar lo que haya para informar. Por ejemplo: «Señor A, le dejamos saber que el señor B tiene mil veces más comodidades en su casa que usted».

Si el señor A no se siente interesado por el dato, está bien; si el señor A reflexiona y se interroga sobre por qué un semejante tiene tantas comodidades, quizá se dedique buscar formas legítimas de igualarlo.

Lo que es traicionero es agregarle a esa información un conjunto de comparaciones que seguramente estimularán la envidia del señor A contra el señor B, con lo cual el comunicador se convierte en un instigador, en alguien que hace apología del vandalismo, en un terrorista que busca enemistarnos a unos contra otros.

Este informante, saboteador de la convivencia pacífica, no tiene ninguna buena intención que merezca dejarlo actuar en su actitud conspiradora. Solo quiere ganarse el favor de los pobres que puedan padecer la envidia agresiva que él intenta estimular, para sacar alguna ganancia de los pobres o para recibir algún beneficio de los ricos que recurran a un soborno para suavizarle tanta agresividad.

(Este es el Artículo Nº 2.178)

jueves, 3 de abril de 2014

Filosofía oriental y occidental


En occidente creemos que los humanos somos una suma de características, (dualismo cartesiano), y en oriente creen que los humanos somos un todo indivisible (holismo).

Cada vez con más frecuencia se incluyen pruebas psicotécnicas en los concursos o en los exámenes de valoración laboral.

Quienes tienen la responsabilidad de elegir a los mejores candidatos para cubrir una vacante, quizá hayan encontrado que la evaluación fragmentaria de los interesados puede mejorarse con una evaluación que integre los aspectos psicológicos (inteligencia, creatividad, tolerancia, capacidad para inducir y deducir, personalidad, comprensión lectora, umbral de tolerancia a la frustración, estabilidad emocional, sentido del humor, aptitud para trabajar en grupo, afectos, celos, envidia, capacidad de concentración, aptitud para el aprendizaje, memoria, capacidad asociativa y otros).

El intelecto occidental está fuertemente marcado por el dualismo cartesiano. Este verdadero disparate que se ha instalado en nuestra cultura nos impide ver el bosque, porque solo podemos ver árboles, uno por uno, todos juntos (bosque), no.

Con el dualismo cartesiano (según el cual somos la suma aritmética de un cuerpo más un intelecto), suponemos que lo que vamos conociendo de nuestra existencia también debe agregarse en tono de adición, sin poder acceder a una comprensión global del ser humano.

De esta forma, los occidentales seguimos agregando más y más elementos nuevos, a medida que se van conociendo, pero resulta que a medida que se profundizan los nuevos conocimientos, no tenemos más remedio que destinar personas que solo se dediquen a estudiarlos. Esto explica por qué en occidente tenemos especialistas para casi cualquier rama del saber: son personas que saben mucho de poco.

En oriente piensan de forma diferente: ellos tratan de interpretar el mundo que los rodea considerándolo como un todo orgánico, armónico, equilibrado. Para los orientales, cada nuevo conocimiento es integrado al todo, tratando de entender cómo es parte inseparable del resto.

Cada intento de influir sobre algo (en el video puse el ejemplo de los errores ortográficos), debe encararse globalmente, considerando a la persona disortográfica como un ser completo, perfecto, armónico, equilibrado. Para los orientales, solo se puede mejorar algo mejorándolo todo.

Los negocios entre los chinos y los occidentales requieren de estos últimos un verdadero estudio de aquella cultura, porque si se los supone iguales a nosotros los desentendimientos pueden hacer naufragar cualquier contrato.

(Este es el Artículo Nº 2.158)



Otra forma de interpretar la Revolución Cubana


Quizá la Revolución Cubana admite otra interpretación diferente.

Antes de la Revolución, Cuba era un país tropical como cualquier otro, es decir, muy rico en alimentos, donde comer era tan fácil que los pobladores no podían desarrollarse superando dificultades, desafíos, escaseces que les exigieran esfuerzos físicos e intelectuales (1).

Como esa abundancia es dañina para el mejor crecimiento de los humanos, existían personas que acumulaban grandes cantidades de riqueza, porque espontáneamente, cuando estamos en un territorio demasiado generoso, unos pocos retiran la riqueza excesiva y nos dejan con lo mínimo para tener que esforzarnos para sobrevivir. Los ricos son eso: humanos que retiran la abundancia dañina, dejando a la mayoría con las condiciones de vida que tendrían en un territorio cuyas carencias exigieran esos esfuerzos que necesitamos hacer para desarrollar todas nuestras potencialidades.

La manera tradicional de adaptarnos a un territorio rico genera fuertes conflictos sociales, (entre explotadores ricos y explotados pobres); los pobres envidian a los ricos recolectores de excesos tóxicos, y en vez de luchar para conseguir lo que necesitan se dedican a odiarlos enceguecidos.

Todo es propicio para que surja un cambio: la Revolución Cubana exterminó a los ricos, instaló un gobierno que monopolizó el rol de extraer la riqueza tóxica y organizó la vida de los pobladores para que todos se sintieran iguales, sin envidia, con un Estado fuerte y rico que administra esos recursos excedentarios, que también fueron retirados del acceso público para que el pueblo pudiera contar con la escasez necesaria, pero sin enemistarse con nadie, sin padecer la envidia que antes sentía hacia los ricos explotadores.

Este experimento solo podía hacerse en una isla, donde fuera posible controlar las fugas de quienes no querían soportar la carencia que los haría crecer como individuos. Además, solo podía hacerse con un Fidel Castro, cuyo carisma permitió instalar este régimen que beneficia al ser humano. Estatizó la concentración de la riqueza excedentaria, la tóxica, la abundancia que les impedía desarrollar todos sus talentos.







(Este es el Artículo Nº 2.153)